Texto

“Un orgasmo no es una obviedad.

Mucho antes de que Baudelaire dijera “la escultura es aburrida”, Alberti describía en De statua tres tipos de escultor: el que quita material, el que añade material; y el que quita y añade. Extrapolando esta categorización a lo fotográfico, en la que Florencia Rojas se erige en una suerte de desnudadora que se vuelve contra ella en una mala suerte de autodesnudadora, Les petites morts son la criogenia del sentimiento que deja quitar todas las capas de un presente quieto y trepidante, que sería como decir aburrido y “oh sí”, sin vacilaciones: una muerte deseable.

Ya otros artistas más contemporáneos que escultores han vehiculado desde banalidades a laberintos valiéndose de la figura del maniquí o la muñeca, pero más o menos siempre transmitiendo ese sentido terrorífico del autómata, abyecto, perverso o sexy, aparentemente controlable pero, en el fondo, siempre fruto de materializar singularidades íntimas que escapan un poco a nuestro control.

Íntimamente congeladas pero calientes, los cyborgs orgánico-orgásmicos de Florencia Rojas son un trabajo de fotografía y excavación, una obra cuatridimensional, metamortal y metasexual, de fantasía.

Esta serie y su forma de siete pecadoras anónimas distintas –tristes fingidoras a veces– no es, tras la fisonomía, más que un conjunto de autorretratos que, habiendo superado la necesidad de dar lecciones sobre la liberación y el hedonismo femeninos, da una clase que se resume en la comprensión del vacío, en la compresión del vacío, en que dentro de los brillantes cacharros del bodegón, hay cosas –suculentas o amargas–, planas o místicas.

Después de Suzanne Opton o Gottfried Helnwein y su forense gusto por el busto, aprendemos con Las pequeñas muertes que un cadáver exquisito puede significar otra cosa”.

Virginia del Río

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